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¿Dónde y Cuándo Murió Realmente el Presidente Chávez?

El presidente encargado de Venezuela Nicolás Maduro le anunció al mundo el 5 de marzo sobre el fallecimiento del Presidente Hugo Chávez.  La noticia no sorprendió. A pesar de la manipulación del gobierno, intentando pintar de color de rosas el estado de salud del presidente y anunciando tan sólo unos días antes que Chávez se había reunido con su gabinete durante cinco horas, es claro ahora que era secreto en voz alta entre los gobiernos del mundo que el presidente Chávez no estaba nada bien de salud.

La manipulación de la información y la poca transparencia por parte del gobierno venezolano sobre la salud del ex-presidente Chávez ha abierto el paso a interrogantes sobre dónde y cuándo realmente falleció.

  • ¿Retrasaron Maduro y sus asesores cubanos el anuncio del fallecimiento del ex-presidente Chávez para prepararle el terreno político al “heredero” del chavismo?
  • ¿Murió Chavez en Cuba o en Venezuela, como alega el gobierno?
  • Y si murió en Cuba, ¿cuándo fue trasladado de Caracas a La Habana y por qué no se informo del traslado?
  • ¿Qué rol juega Raúl Castro y Cuba en todo esto?

PÉREZ ARCAY AFIRMA QUE CHÁVEZ MURIÓ EN CUBA

El intento de Nicolás Maduro de controlar el cuento de dónde y cuándo falleció Chávez se ha topado con obstáculos. Declaraciones públicas han sido hechas que dan indicios de que el fallecimiento de Chávez no fue como el gobierno quiso presentarlo.

El Mayor General Jacinto Pérez Arcay, mentor de Chávez durante sus días en el ejército venezolano, dijo durante el funeral del comandante unas palabras que hacen eco a la declaración de Maduro. Pérez Arcay aseveró, “como saliste del escenario Hugo, como el negro primero, llegaste de Cuba muerto.”

Más aún, el diario ABC de España confirmó las afirmaciones de Maduro y Pérez Arcay cuando en su edición del 6 de marzo de 2013 afirmó que Chávez realmente había muerto en Cuba y había sido trasladado secretamente a Caracas para pretender que había muerto en su país natal.

“En realidad, Chávez habría fallecido alrededor de las 7 de la mañana (hora de Cuba)… Parte de la estrategia del acto protagonizado por Maduro horas antes fue de acaparar la atención de los medios, para así facilitar las operaciones de traslado del cuerpo del fallecido presidente en avión desde Cuba.”

“La muerte de Chávez estaba anunciada. El lunes por la noche una llamada alertó a este diario de que la familia del presidente estaba de acuerdo en que los médicos desistieran de alargarle la vida. Se preveía, pues, que en las siguientes horas se procediera a una desconexión de la asistencia artificial que sostenía al paciente. Cuando se produjera la muerte, el cadáver sería transportado de Cuba a Venezuela para anunciar al pueblo el fallecimiento del presidente como si se hubiera producido en el Hospital Militar de Caracas.”

Maduro y su gobierno afirman que siempre dijeron la verdad sobre el estado de salud de Chávez. Pero mientras más información sale y a través de sus mismas afirmaciones, se ha vuelto claro que, con la mano guía de Raúl Castro y el régimen cubano, manipularon la enfermedad y la muerte de Chávez para sus propios propósitos políticos.

Los ausentes

El País
3 Abril 2013
Por Cristina Marcano

Los funerales de Hugo Chávez ofrecieron la imagen de un país unido en el dolor. Pero las cámaras no captaron a una multitud silenciosa: los millones de venezolanos que rechazan el chavismo, y que hoy vuelven a escena

Miles de venezolanos, dos millones según el Gobierno, asistieron hace un mes a las pompas fúnebres del presidente Hugo Chávez en Caracas. Otros cientos de fieles lo lloraron en las principales plazas de toda la nación. Durante varios días ese fue el retrato de Venezuela: el de una multitud unida en el dolor por la pérdida de su líder, el de un país huérfano y desolado.

En esa imagen de teleobjetivo no había cabida para otra multitud, casi invisible, ausente, como si se hubiera convertido en “polvo cósmico” para cumplir un deseo recurrente del difunto. Pero, por más que pretenda desconocerlo el Gobierno, existen más de seis millones y medio de venezolanos que no comulgan con su proyecto y lo resisten activa o pasivamente, a pesar de ser degradados desde el poder día tras día.

Pasado el prolongado duelo oficial, esos millones vuelven a escena. Y, una vez más con el viento en contra, participarán en las elecciones presidenciales del 14 de abril. Sin mayores recursos frente a la aplastante maquinaria del Estado activada en la campaña del candidato oficial, en una dinámica inconstitucional que ya es rutina. El Gobierno no solo tratará de vencerlos, sino de humillarlos.

Políticamente segregados y estigmatizados como escuálidos, oligarcas, apátridas y pitiyanquis por disentir, millones de ciudadanos —más del 44% de quienes votaron en octubre de 2012— no se resignan y siguen resistiendo tercamente. Con líderes que van y vienen, que tienen cada vez menos espacio en los medios audiovisuales, menos propaganda y ninguna posibilidad de que sus demandas de equidad sean atendidas por un árbitro electoral sesgado.

Tal vez vivirían mejor con un pequeño gesto de sumisión o algo de oportunismo. Cooperando, como una vez sugirió el Gobierno a los empresarios. Lo que no logra comprender el chavismo es que no se trata de un problema de masoquismo ni de una perversa afición a la derrota. Lo que no se explica es cómo la oposición se levanta y sigue en pie después de haber sufrido una pérdida tras otra en más de una docena de elecciones, durante un vía crucis de 14 años.

No ha sido fácil. Para comenzar, se han cometido errores tremendos: subestimar a Chávez, jugar la carta del golpe en 2002, la de la huelga petrolera, la del retiro de las parlamentarias en 2005 y los años de fragmentación antes de forjar una alianza. Pero, sobre todo, han sufrido los excesos de la popularidad de Chávez y el abuso de poder.

Millones de opositores comunes fueron fichados en una lista negra que los excluye de empleos públicos o contratos simplemente por solicitar un referendo. Sus dirigentes han sido y son espiados, grabados ilegalmente, neutralizados con juicios por presunta corrupción y claro tinte político. Han sido vetados de cargos públicos con ardides legalistas, como sucedió al exalcalde Leopoldo López para bloquear su candidatura presidencial; encarcelados sin juicio, como el candidato presidencial Henrique Capriles, o despojados de atribuciones y recursos, como le ocurrió a Antonio Ledezma tras ganar una alcaldía clave.

Han padecido la eliminación del financiamiento público de los partidos desde 1999, el control chavista de todos los poderes; manotazos y chantajes a los medios de comunicación privados, la veda en los públicos, y cambios en las reglas de juego electorales como el que permitió al Gobierno hacerse de más escaños con menos votos y sin el cual no controlaría el Parlamento. Son verdaderos expertos en adversidades. Han competido y compiten en condiciones absolutamente desiguales, con un ventajismo oficial tan descarado que hoy siete ministros, entre ellos el de Energía y Petróleo y el de Finanzas, integran el comando de campaña de Nicolás Maduro.

Y, sin embargo, no han hecho otra cosa que crecer. Lenta pero sostenidamente, como destacó una vez el político izquierdista y editor Teodoro Petkoff. No es obra de la CIA ni consecuencia del crecimiento de la población.

Entre 2006 y 2012, la oposición conquistó 2.298.838 votos nuevos, casi tres veces más que el Gobierno, con 882.052. En seis años, la ventaja de Chávez cayó más de 15 puntos porcentuales: de 25,9% a 10,7%. Más aún, esa caída se registró en el periodo de mayor bonanza petrolera, de mayor gasto público, de más misiones sociales, de ofertas cada vez más tentadoras como casas amobladas, equipadas y decoradas con una gran foto del comandante-presidente.

Detrás de esa perseverancia, incomprensible para el Gobierno, respira un espíritu crítico y una resistencia al sometimiento forjados tanto en los años de lucha contra los muchos regímenes militares que ha vivido el país como en las pocas décadas de democracia y alternancia política.

En una ocasión, tras unos comicios en los que la oposición mostró avances, el presidente contó que Fidel Castro le había dicho: “Chávez, en Venezuela no puede haber cuatro millones de oligarcas”. El viejo zorro cubano se refería al espejismo favorito del chavismo: pensar que todos los pobres los apoyan automáticamente, por conciencia de clase o por conveniencia; que solo los ricos y la clase media cuestionan su gestión, su manera de gobernar autocráticamente y su intención manifiesta de perpetuarse en el poder.

Son más que conocidas las razones por las cuales “la burguesía” adversa al chavismo. Algo visto como natural e ideológicamente propicio por el Gobierno. Lo que no está tan claro, lo que resulta un enigma para el chavismo, es por qué hay pobres que no se dejaron cautivar por los cantos de Chávez, por las misiones de asistencia social o por los electrodomésticos que se han regalado en varias campañas.

¿Por qué? En la pasada campaña presidencial, durante un recorrido periodístico por barriadas pobres del interior del país con una caravana del candidato Henrique Capriles, hice esa pregunta repetidamente y las dos respuestas más frecuentes fueron: inseguridad y cambio. Aun teniendo tantos problemas concretos además de la violencia —inflación, desempleo, desabastecimiento, servicios públicos— hablaban de cambio, de alternancia política.

Chávez fue reelegido hace unos meses por 8,1 millones de un total de 18,9 millones de electores. No hay en Venezuela 11 millones de oligarcas, entre opositores y abstencionistas. Si esos pobres de la provincia que apoyaban a Capriles no se engancharon al carismático líder o se desencantaron ante la ineficacia del Gobierno, ¿qué puede esperar su desangelado sucesor?

El presidente interino arrancó la campaña prometiendo acabar con la inseguridad que en la última década ha llevado al país a convertirse en el campeón del crimen en Suramérica, pero no podrá representar ni un ligero cambio mientras siga andando con la fotografía de su mentor bajo el brazo, tratando de imitarlo. Montado sobre el duelo, Maduro confía en ganar con el mito de Chávez como aval. Pero ese mito puede resultarle también bastante pesado.

El excanciller no solo carece del carisma de su glorificado “padre”, con quien no podrá evitar ser comparado, sino que heredará una crisis económica, una enorme e incompetente burocracia, una industria petrolera estancada por decir lo menos y problemas acuciantes. Tendrá que atender además los apetitos dentro su partido, de las fuerzas armadas y de Cuba, y afrontar la pugnacidad que se avecina si persiste en la radicalización de la autodenominada revolución bolivariana. No habrá luna de miel para él.

Tampoco para Capriles, si se produjera una sorpresa. Pero, en medio del delirante clima de santificación de Chávez, pocos creen que logre ganar. Es probable que mantenga el respaldo de hace seis meses o que disminuya, incluso, si no alcanza a reanimar a los votantes en esta campaña relámpago. Puede que la oposición pierda de nuevo y se desmoralice, que culpe al candidato, que se flagele y se hunda en la frustración por un tiempo. Pero no se convertirá en polvo cósmico. Las aguas volverán a su cauce. Y seguirán siendo millones de venezolanos, aunque el chavismo pretenda ignorarlo y prefiera regodearse en su país de teleobjetivo.

Cristina Marcano es periodista y escritora. Ha publicado, junto a Alberto Barrera Tyszca, Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal (Debate), una biografía del expresidente de Venezuela.